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Economía

La Justicia quebró Algodonera Avellaneda y apura la venta

El juez Fabián Lorenzini declaró la quiebra de la textil ligada a Vicentin después de que no aparecieran interesados para salvarla; ahora se abre una etapa incómoda para 360 trabajadores y una deuda que supera los US$ 260 millones.

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Vista detallada de una máquina textil vintage que muestra equipos de costura industrial.
Foto por T6 Adventures en Pexels

La Justicia declaró la quiebra de Algodonera Avellaneda, la textil ligada a Vicentin, después de que fracasara el salvataje y nadie se presentara para quedarse con la firma. La empresa arrastra una deuda que supera los US$ 260 millones y emplea a unos 360 trabajadores: dos datos que explican por qué esta no era una simple mala noticia judicial, sino una cuenta regresiva bastante previsible.

La caída formal

El juez Fabián Lorenzini tomó la decisión y cerró la instancia que buscaba evitar el desenlace. El proceso de rescate no consiguió interesados y la compañía quedó, en los hechos, sin red. La quiebra no sorprende por el fondo; sorprende, si acaso, por lo poco que había para rescatar desde hace rato.

Una deuda pesada

El pasivo de más de US$ 260 millones deja claro el tamaño del problema. Algodonera Avellaneda no cayó por una mala temporada ni por un tropiezo puntual, sino por una estructura financiera que ya no cerraba. La referencia a Vicentin tampoco es decorativa: la marca sigue apareciendo cada vez que una pata del grupo vuelve a entrar en zona de derrumbe.

Qué pasa con la planta

La Nación puso el foco en los 360 trabajadores y en la posibilidad de sostener la producción mientras avanza la venta. Ese es el punto sensible: una quiebra en papel puede ir acompañada de una continuidad operativa parcial, pero eso depende de fondos, compradores y de una maquinaria que no se para de forma elegante. La Justicia ahora tiene que decidir si la planta sigue funcionando o si empieza el desarme.

El capítulo Vicentin

El Cronista y La Nación coinciden en el dato central: la quiebra ya está declarada y el salvataje murió antes de arrancar. La diferencia está en el enfoque. El primero remarca el fracaso del proceso; el segundo agrega el costado laboral y la chance de mantener la producción para ordenar una venta. En este tipo de casos, la palabra “salvataje” suele sonar más prolija que la realidad. Acá no alcanzó ni para eso.

El dato chico, por si hacía falta una postal del derrumbe: la empresa tiene miles de kilos de hilo y poco margen político; en los balances, eso cuenta como problema, no como textura.

El cruce

Análisis editorial
Cómo lo encararon los medios

El Cronista va directo al golpe: enfatiza que el salvataje fracasó y pone el foco en la quiebra como final de una historia que ya venía mal. La Nación agrega el costado más concreto para el lector: los 360 trabajadores, la deuda millonaria y la chance de sostener la producción mientras se ordena la venta. Los dos coinciden en el dato central, pero uno subraya el derrumbe y el otro la etapa que viene.

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