Murió Sonny Rollins a los 95 años: el último gigante del jazz clásico
El saxofonista estadounidense, figura central del hard bop junto a Miles Davis y John Coltrane, falleció y dejó un legado de más de seis décadas de improvisación e identidad afroamericana.

Sonny Rollins murió a los 95 años. Con él se cierra la última ventana directa a la edad de oro del jazz, ese período de los años cincuenta y sesenta en que el género alcanzó su densidad técnica y política más alta.
Quién fue Rollins
Nacido en Nueva York en 1930, Rollins fue uno de los arquitectos del hard bop, la corriente que tomó el bebop de Charlie Parker y lo empujó de vuelta hacia el blues y las raíces africanas. No fue solo un virtuoso del saxo tenor: fue un pensador musical que construyó cada improvisación como una composición en tiempo real.
A diferencia de Miles Davis, que reinventó su sonido cada decade, o de John Coltrane, que llevó el jazz hacia la abstracción espiritual, Rollins mantuvo una coherencia de propósito: el jazz como conversación, como juego, como declaración. Su técnica del desarrollo temático —tomar un motivo de dos o tres notas y expandirlo durante minutos sin perder el hilo— sigue siendo un estándar pedagógico en los conservatorios.
La discografía
Entre sus discos más citados están Saxophone Colossus (1956), grabado en una sola sesión y considerado uno de los registros más perfectos del género, y The Bridge (1962), producido después de dos años en que Rollins dejó de tocar en público y ensayaba solo en el Puente de Williamsburg, en Brooklyn, a medianoche para no molestar a los vecinos. Esa imagen —el saxofonista solo sobre el río East, practicando en silencio— se convirtió en una de las más emblemáticas de toda la cultura jazz.
Otros títulos fundamentales incluyen Way Out West (1957), donde grabó con contrabajo y batería sin piano, y A Night at the Village Vanguard (1957), un ejemplo clásico de improvisación en vivo.
La dimensión política
La obra de Rollins no fue solo música. En los años sesenta, en pleno movimiento por los derechos civiles, Rollins compuso Freedom Suite (1958), una pieza explícitamente dedicada a la lucha de la comunidad afroamericana. La discográfica le pidió que quitara las notas del álbum; él se negó. El disco salió con su texto original.
Esa tensión entre arte y compromiso atraviesa toda su carrera. Rollins entendía el jazz no como entretenimiento sino como un sistema de valores: la improvisación como libertad, la respuesta al otro músico como diálogo democrático, la raíz blues como memoria colectiva.
Lo que queda
Rollins se retiró de los escenarios en 2012, a los 81 años, por problemas de salud pulmonar —una ironía cruel para alguien cuyo instrumento dependía del aliento. En los años siguientes concedió pocas entrevistas y vivió en relativo retiro en Woodstock, Nueva York.
Con su muerte, la cadena de transmisión directa con los fundadores del jazz moderno se interrumpe. Davis murió en 1991, Coltrane en 1967, Charlie Parker en 1955. Rollins fue, durante décadas, el último que había tocado con todos ellos y podía dar testimonio de primera mano de cómo se construyó ese lenguaje.
En su disco Saxophone Colossus, la primera pista se llama St. Thomas. Dura tres minutos y medio. Es una melodía caribeña simple, de su abuela puertorriqueña, que Rollins convierte en algo imposible de olvidar. Eso era Rollins: agarrar lo más sencillo y hacerlo eterno.
El cruce
Análisis editorialLa Nación y Los Andes encaran la noticia como obituario, con tono de luto y énfasis en su lugar en la historia junto a Davis y Coltrane. Infobae aprovecha la muerte para publicar una guía discográfica, más celebratoria que fúnebre. Página/12 es el único que desarrolla la dimensión política de Rollins —el jazz como orgullo afroamericano y respuesta estética a la segregación— un ángulo que los demás apenas rozan.
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Fuentes consultadas
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